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Nuevas Investigaciones |
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Por María del Carmen Vaquero Serrano
A principios de 1998 me hallaba empeñada en el estudio de los maestrescuelas toledanos del Renacimiento (se llama maestrescuela a la dignidad catedralicia, a cuyo cargo estaba el enseñar las ciencias eclesiásticas), cuando el conde de Cedillo, D. José Luis Pérez de Ayala y López de Ayala, me propuso amablemente que acudiera a estudiar los fondos que desde hace siglos se guardan en su archivo familiar. Allí, tras otros muchos documentos, una tarde de marzo, llegué al catalogado con la signatura leg. 22/58. La sorpresa que dicho texto me deparó fue de tal envergadura, que yo casi no daba crédito a lo que leían mis ojos. Se trataba de una escritura de donación, otorgada en Novés (un pueblo de Toledo) ante el escribano Julián de Alpuche, en noviembre de 1537, por la muy magnífica señora Dª. Guiomar Carrillo, hija de los Sres. Hernando de Ribadeneira y Dª. Teresa, su mujer, difuntos, a favor del Sr. D. Lorenzo Suárez de Figueroa, hijo de la dicha doña Guiomar. El documento comenzaba así (actualizo las grafías y la puntuación): |
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Las novedades que ya en este párrafo inicial se narraban constituían una auténtica revolución para la biografía del grandioso poeta toledano. Es cierto que ya existía noticia de que Garcilaso había tenido un hijo ilegítimo, puesto que el lírico, en una de las cláusulas de su testamento otorgado en Barcelona el 25 de julio de 1529, ordenaba (actualizo las grafías y la puntuación):
Pero ahora yo descubría, para empezar, tres datos fundamentales: que este hijo fue el primogénito del poeta, ya que Garcilaso lo tuvo siendo soltero; que se apellidaba Suárez de Figueroa, esto es, su progenitor le había dado los apellidos más ilustres de su familia paterna; y, lo que era más importante para la trayectoria amorosa del poeta, que Garcilaso había estado enamorado mucho tiempo y había sostenido relación carnal prolongada durante su juventud con una dama de Toledo, la muy magnífica señora doña Guiomar Carrillo, nombre nunca antes citado en los estudios sobre la vida y poesías del gran lírico. Fruto de estos primeros hallazgos fue mi obra titulada Doña Guiomar Carrillo, la desconocida amante de Garcilaso (Ciudad Real, Oretania Ediciones, Serie Minor, mayo de 1998) que también se puede consultar en Internet editada por la Universidad de Valencia. El ensayo cuenta con un apéndice documental donde se reproduce íntegra la carta de donación de doña Guiomar. A raíz de este descubrimiento, y desconociéndose todo acerca de la dama, aunque según se deducía por los tratamientos de muy magníficos que en la donación ostentaban tanto ella como sus padres pertenecía a una ilustre familia de Toledo, no quise aventurar hipótesis sin fundamento y me dediqué a investigar intensamente sobre los Ribadeneira en diferentes archivos madrileños y toledanos. Me interesaba saber de modo especial qué clase de familia habían sido; si pertenecieron al mismo estatus social que los Laso de la Vega, como se colegía de la escritura de doña Guiomar; dónde habían vivido; qué puestos relevantes habían ocupado en el Toledo de fines del siglo XV y comienzos del XVI; etc. Y así, a lo largo de un año, fui descubriendo documentos, a partir de los cuales he podido trazar no solo el árbol genealógico completo de los Ribadeneira, sino también gran parte de su historia. Todo ello, más numerosos episodios de la vida de Lorenzo Suárez de Figueroa, el hijo primogénito del poeta, lo he publicado en el libro Garcilaso: Aportes para una nueva biografía. Los Ribadeneira y Lorenzo Suárez de Figueroa (Ciudad Real, Oretania Ediciones, 1999). Resumo, a continuación, algunos de los datos que he podido constatar. Doña Guiomar Carrillo perteneció a una de las cinco mejores familias del Toledo de su época. Su familia paterna aparece en los documentos frecuentemente no con el apellido Ribadeneira, sino con el de Díaz exclusivamente, o bien como Díaz de Ribadeneira. Casi todos los varones se llamaban Fernando, o lo que es lo mismo Hernando o Hernán, y la mayor parte de ellos fueron mariscales de Castilla y señores de Caudilla (un lugar de la provincia próximo a Toledo), donde poseían una bellísima fortaleza. Ejercieron también como regidores del Ayuntamiento toledano, en el que se sucedieron unos a otros en el cargo y donde desempeñaron sus funciones junto a los Laso de la Vega, que, como se sabe, también eran regidores de la ciudad. Ambas familias, los Ribadeneira y los Laso, según demuestro documentalmente, fueron vecinas, pues unos y otros tuvieron sus casas principales en la parroquia de Santa Leocadia. El abuelo paterno de doña Guiomar, Hernán Díaz de Ribadeneira, casado con doña Guiomar de Toledo, fue un personaje relevante en la política castellana del siglo XV, y lo podemos denominar valido de validos, pues fue íntimo del privado D. Álvaro de Luna, y ostentó el cargo de camarero suyo. De este matrimonio nacieron dos hijos: el mariscal Pedro de Ribadeneira, que casó con Isabel de Bracamonte, dama que aparece en el testamento de Garcilaso; y Fernando de Ribadeneira, de cuyo matrimonio con Teresa Carrillo, nació doña Guiomar, la enamorada de Garcilaso. El hermano de ésta, llamado también mariscal Hernán Díaz de Ribadeneira, sucedió en los dos mayorazgos de la familia, y era regidor en el Ayuntamiento de Toledo en el tiempo de la guerra de las Comunidades contra el emperador Carlos V. Como regidor de la ciudad es prácticamente seguro que participó intensamente en la lucha política en el bando contrario al rey y junto a los grandes jefes de la Comunidad toledana, Juan de Padilla y Pedro Laso, el hermano mayor del poeta. Según intuyo el hecho de que la familia Ribadeneira estuviera implicada en la sublevación comunera, y que, tras la derrota de Villalar, acaso Guiomar Carrillo se mantuviese en rebeldía al lado de María Pacheco, la viuda de Padilla, pudo impedir la boda de Garcilaso con su enamorada, pues el emperador, cuyo permiso era imprescindible a sus caballeros para contraer matrimonio, de ningún modo iba a permitir que uno de sus continos se casara con una dama perteneciente a una familia de sus enemigos políticos. Asimismo me parece indudable el deseo o la intención de Garcilaso de haber matrimoniado con Dª. Guiomar, y me baso para creerlo principalmente en la denominación que el poeta eligió para el hijo de Dª. Guiomar y suyo. Tras repasar los nombres de los varones en la familia de Garcilaso, pruebo que el de Lorenzo Suárez de Figueroa lo llevaron los personajes más ilustres y de más alto rango de su rama paterna. La relación comprende condes, maestres, comendadores y señores. Ello me sirve para argumentar, por un lado, que Garcilaso tenía en mucho a Dª. Guiomar ya que llamó así al hijo nacido de ella, y por otro, que este niño indudablemente fue muy querido y apreciado por su padre, pues, al imponerle tal nombre, no solo lo incluía entre los miembros más destacados de su familia, sino que significaba un reconocimiento pleno de su paternidad, porque todos los toledanos, al oír cómo se llamaba, sabrían a ciencia cierta que pertenecía a la familia del lírico. Además, al denominar Lorenzo Suárez de Figueroa a este niño, privaba de tan insigne nombre a sus posibles futuros hijos nacidos de un legítimo matrimonio. Apunto también en mi libro la posibilidad de que hubiera existido un matrimonio secreto entre Garcilaso y Guiomar o, por lo menos, de que entre ellos se hubieran hecho cierta promesa o juramento de fidelidad. Fundamento mi hipótesis en la repetición en los versos del poeta toledano de la palabra fe, que, procedente del latín fides, significaba precisamente promesa de fidelidad. Recordaré las palabras con que Salicio en la Égloga I increpa a su antigua enamorada (las cursivas en los versos son mías):
Y cabe interrogarse: ¿se habrían dado fe Garcilaso y Guiomar? o lo que es lo mismo, ¿se habrían prometido matrimonio? ¿Promesa que él no podría cumplir por haberse visto forzado a un matrimonio de conveniencia con Dª. Elena de Zúñiga, y que acaso, al pasar los años, Guiomar, su amor primero, también habría de quebrantar, no con una boda con otro caballero, pero sí de algún modo? Otra de las preguntas que se han hecho algunos investigadores antes que yo, y a la que en mi obra trato de dar razonable respuesta, es la de por qué Garcilaso, en su testamento otorgado en el verano de 1529, no nombra a la madre de su hijo Lorenzo. Frank Goodwyn, hace años, suponía que ella habría muerto previamente. Pero ahora que sabemos que Dª. Guiomar estaba viva en 1529 no cabe semejante respuesta. Por tanto, ¿cuál fue la causa de que Garcilaso silenciara el nombre de Dª. Guiomar en un documento tan definitivo como el de sus últimas voluntades cuando en él sí cita a una muchacha extremeña llamada Elvira a la que admite quizá deber algo en cuanto a su honestidad? Antes de abordar las posibles respuestas, haré una afirmación humanamente muy lógica: desde luego, en 1529, Garcilaso no podía haber olvidado ni el nombre ni la persona de Dª. Guiomar Carrillo, aunque solo fuera por dos motivos. Por un lado, ella había sido su primer amor además muy duradero según ahora sabemos y estas ilusiones primerizas no se borran en cuatro años. El mismo poeta afirmará que, cuando en la adolescencia se ha amado largamente, es imposible olvidarlo con rapidez y deshacer tales lazos en una hora. Le pregunta Albanio a Camila en la Égloga II (la cursiva en el verso es mía):
[Y el pastor Salicio corrobora que Camila no ha podido olvidar a Albanio, asegurando a éste:]
Por otro lado, había un hijo de por medio al que Garcilaso seguro trataba y que haría evocar a su madre de continuo. Entonces, ¿por qué no la nombra en su memorial cuando no repara en aludir, y bien a las claras, a otro amorío menos importante? De entre todas las explicaciones posibles que sugiero en mi libro, la que me parece más verosímil es la de que tal vez en Toledo no fuese conocido el hecho de que Dª. Guiomar era la madre de don Lorenzo, y Garcilaso, al silenciar su nombre, estaba protegiendo la honra de la dama. Viene también a apoyar esta explicación de que en Toledo se desconocía quién era la madre de Lorenzo una de las razones que la propia Dª. Guiomar ofrece en 1537 para justificar la donación de sus bienes a su hijo. Dª. Guiomar dice hacerlo por cinco motivos, y aunque el que aquí nos interesa es el segundo, destacaré los tres primeros. Declara Dª. Guiomar efectuar su regalo por: 1º. "El mucho amor que yo tuve al dicho señor Garcilaso, y tengo a vos, el dicho don Lorenzo Suárez de Figueroa, su hijo y mío". 2º. "Para que más honradamente podáis vivir y andar como hijo de quien sois". Y 3º. "Para que más honradamente os podáis casar con quien quisierais y bien os estuviere a vuestra voluntad". Está claro que Dª. Guiomar, en 1537, lo que busca es la honra de su hijo, honra que ahora, según la segunda razón que aduce, alcanzará por dos vías: la del dinero porque va a tenerlo sobrado, y la de la dignidad porque todo el mundo va a saber de quién es hijo, o dicho de otro modo, quién es su madre. Esto último significa por parte de Dª. Guiomar un reconocimiento materno pleno del joven, pues con la donación será manifiesto que no es hijo de una cualquiera, ni de una fregona ni de una lugareña, sino de una Carrillo de la familia de los Ribadeneira, mariscales de Castilla. Y, a su vez, de lo anterior se podría deducir que previamente su maternidad no era del dominio público y que por tal razón Garcilaso acaso teniendo "gran consideración [...] a lo que toca a su honra y a su peligro" había callado su nombre en su testamento. El tercer motivo aducido por Dª. Guiomar es también muy revelador. Le dona sus bienes para que su hijo se case con quien quiera y le plazca porque va a poseer dinero suficiente para hacer su voluntad. ¿No nos estará diciendo Dª. Guiomar que el padre del niño, es decir, Garcilaso, por no tener abundante fortuna, hubo de matrimoniar contra su voluntad, y que no se casó con ella porque al faltarle dinero no podía hacer lo que le placía? Pero pasaré ahora a resumir la última parte de mi libro que lleva por título Vida adulta de Lorenzo Suárez de Figueroa (1537-h. 1580). Sus descendientes. En ella he reconstruido la vida del hijo de Garcilaso y Guiomar desde la donación que le hizo su madre hasta su muerte. El grueso de esta parte de mi investigación lo constituye el enredo amoroso de D. Lorenzo, imitando a su padre, con una dama perteneciente a otra de las grandes familias de Toledo del siglo XVI y casada con un linajudo personaje de la ciudad. El nuevo nombre que ahora revelo para la biografía del poeta Garcilaso, porque fue su nuera, sino de derecho que esto no lo sé, sí de hecho, es el de la muy magnífica y muy generosa señora doña Mencía de Ávalos, mujer del muy magnífico señor Vasco de Acuña. Demuestro documentalmente cómo D. Vasco y Dª. Mencía otorgaron un testamento conjunto en el que instituían como heredero universal al Hospital de la Misericordia, de Toledo, testamento que se abrió en octubre de 1555, tras la muerte del caballero Acuña; y, cómo, en menos de dos años, la viuda deshizo lo estipulado junto a su marido para otorgar otras últimas voluntades en las que reconocía como único heredero al Sr. Lorenzo Suárez de Figueroa. Doy a continuación las razones de por qué creo que este personaje se puede identificar plenamente con el hijo de Garcilaso, explico su relación amorosa con Dª. Mencía y descubro los nombres de los hijos que D. Lorenzo tuvo con ella: Ruy Gómez de Figueroa y Luis Dávalos, nietos de Garcilaso hasta hoy desconocidos. Después revelo que, muerta ya Dª. Mencía, Lorenzo Suárez de Figueroa se casó con Dª. Leonor de la Fuente, con quien procreó otro hijo, Íñigo de Ayala, un nuevo nieto ignorado de Garcilaso, que emigró al Perú. Descubro que D. Lorenzo llegó a ser regidor de Toledo y caballero del hábito de San Juan e incluso comendador. Narro el matrimonio de Ruy Gómez de Figueroa, el nieto mayor del poeta, con Dª. Catalina de Meneses, y cómo de ellos nacieron dos hijas, Antonia de Figueroa y María de Ayala, que se convierten en las bisnietas de Garcilaso. Y concluyo dando los nombres de los descendientes de Garcilaso por esta línea hasta los siglos XVII y XVIII. Además he reencontrado en el Archivo de la Diputación de Toledo el primer documento conocido sobre Garcilaso, el concerniente al alboroto o ruido acaecido en 1519 en el Hospital del Nuncio, por el que Garcilaso fue desterrado por tres meses de la ciudad. Y, atendiendo al hecho de que el poeta en tal sentencia figura representado por un "curador", se deduce que en 1519 Garcilaso era menor de edad, es decir, no había cumplido los veintiún años. Suponiendo que tuviera veinte, habría nacido en 1499. Si a ello añado que en los documentos de 1520, Garcilaso ya cobra sus sueldos de contino sin la presencia de curador, ello querría decir que entre 1519 y 1520 el poeta había cunplido la mayoría de edad. Luego en 1520 ya tendría 21 años, lo cual me lleva de nuevo a 1499 como fecha de su nacimiento. Finalmente, si sumo a lo anterior el dato de que Pedro de Cabrera, testigo para las pruebas de Garcilaso como caballero de Santiago, declara en 1523 que el lírico tenía poco más o menos 25 años, esto es, que había nacido más o menos en 1498, todo ello me conduce a establecer como nuevo año de nacimiento del poeta el de 1499. Pero, remitiéndome ahora a la poesía de Garcilaso de la Vega, cabría preguntarse qué aportan mis descubrimientos al estudio de las composicones del toledano. Puedo responder que, desde luego, una nueva visión sobre lo que en realidad fue su trayectoria amorosa, hasta hace poco tiempo centrada única y exclusivamente en el supuesto amor del poeta hacia la dama portuguesa Isabel Freyre. En mis estudios he recogido ya varios ejemplos de la poesía garcilasiana que a partir de ahora quizá admitan nuevas interpretaciones. El ensayo de 1998 donde di a conocer el documento de Dª. Guiomar acababa con la siguiente reflexión final, que ahora reproduzco. Concluía yo en aquel entonces:
Y en mi libro de 1999, con los aportes para una nuva biografía, recojo algunos fragmentos de poemas de Garcilaso, donde muy probablemente han influido la memoria y realidad del amor del poeta por la joven toledana. Así, constándonos ya que Guiomar vivió en las casas principales de sus padres en la parroquia de Santa Leocadia, barrio en el que hubo de conocer a su vecino Garcilaso, no dudo de que en su infancia y adolescencia los hijos de los Ribadenerira jugarían, participarían en las mismas diversiones e incluso asistirían a las mismas celebraciones religiosas que los niños de los Laso. La historia de amor, en la niñez, de Garcilaso y Guiomar debió de ser, en ciertos aspectos, muy similar a la de los pastores Albanio y Camila en la Égloga II. Así evocaba Albanio su amor nacido en la infancia:
[Y el pastor pregunta a la pastora:]
Dulces bellotas, castañas tiernas, olorosas flores conformarían aquel enamoramiento infantil. Luego vendría el amor de juventud entre Garcilaso y Guiomar con visitas continuas a una y otra casa con cualquier pretexto, billetitos concertando citas, y en los días calurosos de los veranos de Toledo como en la escena descrita por Cervantes en La fuerza de la sangre, bajadas a la orilla del Tajo para tomar el fresco y solazarse. ¿Cuántas veces bajarían al río juntos Garcilaso y Guiomar? Siguiendo la costumbre toledana, los enamorados, con o sin el conocimiento de sus madres recordemos que los dos eran huérfanos de padre, irían a pasar ratos de esparcimiento junto a la corriente y a disfrutar en la cercanía del Tajo. Y poco a poco irían estrechándose sus lazos, de modo semejante a como cuenta Albanio que les acaeció a él y a su amada:
Guiomar, de carácter fuerte, segura de sí, como mujer convencida de su belleza, se iría también enamorando de aquel Garcilaso decidido y galán. Y pensarían que un futuro matrimonio entre ellos sería posible, pues ambos pertenecían a la misma clase social y sus familias no se diferenciaban en posición y propiedades. De hecho, sabemos que el amor de los jóvenes progresó, pero nunca llegó la boda oficial. La guerra de las Comunidades se interpone entre ellos y Garcilaso contrae un matrimonio, hoy diríamos políticamente correcto, con Dª. Elena de Zúñiga. Pues bien si, como todos los estudiosos opinan, su enlace fue obligado o de conveniencia, tal vez Garcilaso refleje su vida conyugal en estos versos del Soneto XVII:
Por el contrario, a lo mejor sus visitas a Guiomar continuaban a pesar de que ella lo niegue años después, y de los obstáculos tal vez tremendos e incluso peligrosos que pudieron existir. ¿Es eco de tales visitas el siguiente terceto del Soneto IV?
Y el segundo destierro de Garcilaso, el de 1532, a una isla del Danubio, por haber sido testigo en Ávila del desposorio de su sobrino de igual nombre, compromiso que se efectuó sin licencia real, ¿no tuvo también alguna relación con la historia amorosa de nuestro poeta? Lo que, desde luego, este destierro vino a demostrar es que en el entorno de los reyes, nadie podía desposarse sin el conocimiento y beneplácito de los monarcas, a no ser que estuviera dispuesto a afrontar gravísimas penas y a perder la gracia de Sus Majestades. El Emperador ejercía un poder absoluto sobre el cuerpo de sus caballeros como admite Garcilaso en su Canción III e incluso los podría llevar a la muerte en un duro destierro. El poeta reconoce, en cambio, que, si él muere desterrado, no será por castigo del rey, sino por el amor. ¿De qué amor habla? Recordemos aquellos versos escritos en la isla del gran río centroeuropeo:
¿Por qué se arriesgó el poeta a un castigo tan grave? ¿Pudo esta vez más el cariño hacia su sobrino que el miedo? Y si el mero hecho de haber sido testigo de un desposorio no autorizado le valió un destierro, ¿qué le hubiera ocurrido a Garcilaso si hubiese contraído matrimonio contra la voluntad del rey, en peores momentos históricos, y con la hermana de un comunero? Otros poemas del toledano también se podrían explicar de un modo diferente ahora que conocemos la historia de amor entre Garcilaso y Guiomar. ¿Acaso no pudieron ser la ruptura, el apartamiento o la imposible continuidad de este romance los que motivaron uno de los sonetos más hermosos y melancólicos de Garcilaso? Me refiriero al Soneto XI en que el poeta, tratando de hallar consuelo a sus penas, baja al río Tajo a compartir su tristeza con las ninfas, aunque sabe que ellas no podrán evitarle aquel dolorido sentir puesto que su amor se ha hecho inviable. Garcilaso lo escribió así:
En fin, como conclusión de estas investigaciones que he realizado, he venido al convencimiento de que sobre el príncipe de los poetas españoles no está dicho todo. Aún hay mucho por hacer. Se necesitan, por un lado, una amplia revisión de su biografía y de las interpretaciones más comunes y aceptadas de su obra poética; y, por otro, una búsqueda incansable no solo de aquellas poesías pérdidas que seguro escribió (recuerden cómo Boscán titula su edición de 1543 Las obras de Boscán y algunas de Garcilaso de la Vega), sino también de otros muchos documentos que, sin duda, aportarán nuevas luces al conocimiento de aquel poeta excepcional, sin duda el mejor lírico del Renacimiento español, que se llamó Garcilaso de la Vega. |
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