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Égloga II

Garcilaso


 

Personas: ALBANIO, CAMILA; SALICIO, NEMOROSO

Égloga II

ALBANIO

     En medio del invierno está templada
el agua dulce desta clara fuente,
y en el verano más que nieve helada.
     ¡Oh claras ondas, cómo veo presente,
en viéndoos, la memoria d’aquel día
de que el alma temblar y arder se siente!
     En vuestra claridad vi mi alegría
escurecerse toda y enturbiarse;
cuando os cobré, perdí mi compañía.
     ¿A quién pudiera igual tormento darse,
que con lo que descansa otro afligido
venga mi corazón a atormentarse?
     El dulce murmurar deste rüido,
el mover de los árboles al viento,
el suave olor del prado florecido
     podrian tornar d’enfermo y descontento
cualquier pastor del mundo alegre y sano;
yo solo en tanto bien morir me siento.
     ¡Oh hermosura sobre’l ser humano,
oh claros ojos, oh cabellos d’oro,
oh cuello de marfil, oh blanca mano!,
     ¿cómo puede ora ser qu’en triste lloro
se convertiese tan alegre vida
y en tal pobreza todo mi tesoro?
     Quiero mudar lugar y a la partida
quizá me dejará parte del daño
que tiene el alma casi consumida.
     ¡Cuán vano imaginar, cuán claro engaño
es darme yo a entender que con partirme,
de mí s’ha de partir un mal tamaño!
     ¡Ay miembros fatigados, y cuán firme
es el dolor que os cansa y enflaquece!
¡Oh, si pudiese un rato aquí adormirme!
     Al que, velando, el bien nunca s’ofrece,
quizá qu’el sueño le dará, dormiendo,
algún placer que presto desparece;
en tus manos ¡oh sueño! m’encomiendo.

 

SALICIO

            ¡Cuán bienaventurado
        aquél puede llamarse
que con la dulce soledad s’abraza,
        y vive descuidado
        y lejos d’empacharse
en lo que al alma impide y embaraza!
        No ve la llena plaza
        ni la soberbia puerta
        de los grandes señores,
        ni los aduladores
a quien la hambre del favor despierta;
        no le será forzoso
rogar, fingir, temer y estar quejoso.

            A la sombra holgando
        d’un alto pino o robre
o d’alguna robusta y verde encina,
        el ganado contando
        de su manada pobre
que en la verde selva s’avecina,
        plata cendrada y fina
        y oro luciente y puro
        bajo y vil le parece,
        y tanto lo aborrece
que aun no piensa que dello está seguro,
        y como está en su seso,
rehuye la cerviz del grave peso.

            Convida a un dulce sueño
        aquel manso rüido
del agua que la clara fuente envía,
        y las aves sin dueño,
        con canto no aprendido,
hinchen el aire de dulce armonía.
        Háceles compañía,
        a la sombra volando
        y entre varios olores
        gustando tiernas flores,
la solícita abeja susurrando;
        los árboles, el viento
al sueño ayudan con su movimiento,

     ¿Quién duerme aquí? ¿Dó está que no le veo?
¡Oh, hele allí! ¡Dichoso tú, que aflojas
la cuerda al pensamiento o al deseo!
     ¡Oh natura, cuán pocas obras cojas
en el mundo son hechas por tu mano,
creciendo el bien, menguando las congojas!
     El sueño diste al corazón humano
para que, al despertar, más s’alegrase
del estado gozoso, alegre o sano,
     que como si de nuevo le hallase,
hace aquel intervalo que ha passado
qu’el nuevo gusto nunca al fin se pase;
     y al que de pensamiento fatigado
el sueño baña con licor piadoso,
curando el corazón despedazado,
     aquel breve descanso, aquel reposo
basta para cobrar de nuevo aliento
con que se pase el curso trabajoso.
     Llegarme quiero cerca con buen tiento
y ver, si de mí fuere conocido,
si es del número triste o del contento.
     Albanio es este que ’stá ’quí dormido,
o yo conosco mal; Albanio es, cierto.
Duerme, garzón cansado y afligido.
     ¡Por cuán mejor librado tengo un muerto,
que acaba’l curso de la vida humana
y es conducido a más seguro puerto,
     qu’el que, viviendo acá, de vida ufana
y d’estado gozoso, noble y alto
es derrocado de fortuna insana!
     Dicen qu’este mancebo dio un gran salto,
que d’amorosos bienes fue abundante,
y agora es pobre, miserable y falto;
     no sé la historia bien, mas quien delante
se halló al duelo me contó algún poco
del grave caso deste pobre amante.

 

ALBANIO

     ¿Es esto sueño, o ciertamente toco
la blanca mano? ¡Ah, sueño, estás burlando!
Yo estábate creyendo como loco.
     ¡Oh cuitado de mi! Tú vas volando
con prestas alas por la ebúrnea puerta;
yo quédome tendido aquí llorando.
     ¿No basta el grave mal en que despierta
el alma vive, o por mejor decillo,
está muriendo d’una vida incierta?

 

SALICIO

     Albanio, deja el llanto, qu’en oíllo
me aflijo.

 

ALBANIO

          ¿Quién presente ’stá a mi duelo?

 

SALICIO

Aquí está quien t’ayudará a sentillo.

 

ALBANIO

     ¿Aquí estás tú, Salicio? Gran consuelo
me fuera en cualquier mal tu compañía,
mas tengo en esto por contrario el cielo.

 

SALICIO

     Parte de tu trabajo ya m’había
contado Galafrón, que fue presente
en aqueste lugar el mismo día,
     mas no supo decir del acidente
la causa principal, bien que pensaba
que era mal que decir no se consiente;
     y a la sazón en la ciudad yo estaba,
como tú sabes bien, aparejando
aquel largo camino que’speraba,
     y esto que digo me contaron cuando
torné a volver; mas yo te ruego ahora,
si esto no es enojoso que demando,
     que particularmente el punto y hora,
la causa, el daño cuentes y el proceso,
que’l mal, comunicándose, mejora.

 

ALBANIO

     Con un amigo tal, verdad es eso
cuando el mal sufre cura, mi Salicio,
mas éste ha penetrado hasta el hueso.
     Verdad es que la vida y ejercicio
común y el amistad que a ti me ayunta
mandan que complacerte sea mi oficio;
     mas ¿qué haré?, qu’el alma ya barrunta
que quiero renovar en la memoria
la herida mortal d’aguda punta,
     y póneme delante aquella gloria
pasada y la presente desventura
para espantarme de la horrible historia.
     Por otra parte, pienso qu’es cordura
renovar tanto el mal que m’atormenta
que a morir venga de tristeza pura,
     y por esto, Salicio, entera cuenta
te daré de mi mal como pudiere,
aunque el alma rehuya y no consienta.
     Quise bien, y querré mientras rigere
aquestos miembros el espirtu mío,
aquélla por quien muero, si muriere.
     En este amor no entré por desvarío,
ni lo traté, como otros, con engaños,
ni fue por elección de mi albedrío:
     desde mis tiernos y primeros años
a aquella parte m’enclinó mi estrella
y aquel fiero destino de mis daños.
     Tú conociste bien una doncella
de mi sangre y agüelos decendida,
más que la misma hermosura bella;
     en su verde niñez siendo ofrecida
por montes y por selvas a Diana,
ejercitaba allí su edad florida.
     Yo, que desde la noche a la mañana
y del un sol al otro sin cansarme
seguía la caza con estudio y gana,
     por deudo y ejercicio a conformarme
vine con ella en tal domestiqueza
que della un punto no sabia apartarme;
     iba de un hora en otra la estrecheza
haciéndose mayor, acompañada
de un amor sano y lleno de pureza.
     ¿Qué montaña dejó de ser pisada
de nuestros pies? ¿Qué bosque o selva umbrosa
no fue de nuestra caza fatigada?
     Siempre con mano larga y abundosa,
con parte de la caza visitando
el sacro altar de nuestra santa diosa,
     la colmilluda testa ora llevando
del puerco jabalí, cerdoso y fiero,
del peligro pasado razonando,
     ora clavando del ciervo ligero
en algún sacro pino los ganchosos
cuernos, con puro corazón sincero,
     tornábamos contentos y gozosos,
y al disponer de lo que nos quedaba,
jamás me acuerdo de quedar quejosos.
     Cualquiera caza a entrambos agradaba,
pero la de las simples avecillas
menos trabajo y más placer nos daba.
     En mostrando el aurora sus mejillas
de rosa y sus cabellos d’oro fino,
humedeciendo ya las florecillas,
     nosotros, yendo fuera de camino,
buscábamos un valle, el más secreto
y de conversación menos vecino.
     Aquí, con una red de muy perfeto
verde teñida, aquel valle atajábamos
muy sin rumor, con paso muy quïeto;
     de dos árboles altos la colgábamos,
y habiéndonos un poco lejos ido,
hacia la red armada nos tornábamos,
     y por lo más espeso y escondido
los árboles y matas sacudiendo,
turbábamos el valle con rüido.
     Zorzales, tordos, mirlas, que temiendo,
delante de nosotros espantados,
del peligro menor iban huyendo,
     daban en el mayor, desatinados,
quedando en la sotil red engañosa
confusamente todos enredados.
     Y entonces era vellos una cosa
estraña y agradable, dando gritos
y con voz lamentándose quejosa;
     algunos dellos, que eran infinitos,
su libertad buscaban revolando;
otros estaban míseros y aflitos.
     Al fin, las cuerdas de la red tirando,
llevábamosla juntos casi llena,
la caza a cuestas y la red cargando.
     Cuando el húmido otoño ya refrena
del seco estío el gran calor ardiente
y va faltando sombra a Filomena,
     con otra caza, d’ésta diferente
aunque también de vida ocioso y blanda,
pasábamos el tiempo alegremente.
     Entonces siempre, como sabes, anda
d’estorninos volando a cada parte,
acá y allá, la espesa y negra banda;
     y cierto aquesto es cosa de contarte,
cómo con los que andaban por el viento
usábamos también astucia y arte.
     Uno vivo, primero, d’aquel cuento
tomábamos, y en esto sin fatiga
era cumplido luego nuestro intento;
     al pie del cual un hilo untado en liga
atando, le soltábamos al punto
que via volar aquella banda amiga;
     apenas era suelto cuando junto
estaba con los otros y mesclado,
secutando el efeto de su asunto:
     a cuantos era el hilo enmarañado
por alas o por pies o por cabeza,
todos venian al suelo mal su grado.
     Andaban forcejando una gran pieza,
a su pesar y a mucho placer nuestro,
que así d’un mal ajeno bien s’empieza.
     Acuérdaseme agora qu’el siniestro
canto de la corneja y el agüero
para escaparse no le fue maestro.
     Cuando una dellas, como es muy ligero,
a nuestras manos viva nos venía,
era prisión de más d’un prisionero;
     la cual a un llano grande yo traía
adó muchas cornejas andar juntas,
o por el suelo o por el aire, vía;
     clavándola en la tierra por las puntas
estremas de las alas, sin rompellas,
seguiase lo que apenas tú barruntas.
     Parecia que mirando las estrellas,
clavada boca arriba en aquel suelo,
estaba a contemplar el curso dellas;
     d’allí nos alejábamos, y el cielo
rompia con gritos ella y convocaba
de las cornejas el superno vuelo;
     en un solo momento s’ajuntaba
una gran muchedumbre presurosa
a socorrer la que en el suelo estaba.
     Cercábanla, y alguna, más piadosa
del mal ajeno de la compañera
que del suyo avisada o temerosa,
     llegábase muy cerca, y la primera
qu’esto hacia pagaba su inocencia
con prisión o con muerte lastimera:
     con tal fuerza la presa, y tal violencia,
s’engarrafaba de la que venía
que no se dispidiera sin licencia.
     Ya puedes ver cuán gran placer sería
ver, d’una por soltarse y desasirse,
d’otra por socorrerse, la porfía;
     al fin la fiera lucha a despartirse
venia por nuestra mano, y la cuitada
del bien hecho empezaba a arrepentirse.
     ¿Qué me dirás si con su mano alzada,
haciendo la noturna centinela,
la grulla de nosotros fue engañada?
     No aprovechaba al ánsar la cautela
ni ser siempre sagaz discubridora
de noturnos engaños con su vela,
     ni al blanco cisne qu’en las aguas mora
por no morir como Faetón en fuego,
del cual el triste caso canta y llora.
     Y tú, perdiz cuitada, ¿piensas luego
que en huyendo del techo estás segura?
En el campo turbamos tu sosiego.
     A ningún ave o animal natura
dotó de tanta astucia que no fuese
vencido al fin de nuestra astucia pura.
     Si por menudo de contar t’hobiese
d’aquesta vida cada partecilla,
temo que antes del fin anocheciese;
     basta saber que aquesta tan sencilla
y tan pura amistad quiso mi hado
en diferente especie convertilla,
     en un amor tan fuerte y tan sobrado
y en un desasosiego no creíble
tal que no me conosco de trocado.
     El placer de miralla con terrible
y fiero desear sentí mesclarse,
que siempre me llevaba a lo imposible;
     la pena de su ausencia vi mudarse,
no en pena, no en congoja, en cruda muerte
y en un infierno el alma atormentarse.
     A aqueste ’stado, en fin, mi dura suerte
me trujo poco a poco, y no pensara
que contra mí pudiera ser más fuerte
     si con mi grave daño no probara
que en comparación d’ésta, aquella vida
cualquiera por descanso la juzgara.
     Ser debe aquesta historia aborrecida
de tus orejas, ya que así atormenta
mi lengua y mi memoria entristecida;
     decir ya más no es bien que se consienta.
Junto todo mi bien perdí en un hora,
y ésta es la suma, en fin, d’aquesta cuenta.

 

SALICIO

Albanio, si tu mal comunicaras
con otro que pensaras   que tu pena
juzgaba como ajena,   o qu’este fuego
nunca probó ni el juego   peligroso
de que tú estás quejoso,   yo confieso
que fuera bueno aqueso   que ora haces;
mas si tú me deshaces   con tus quejas,
¿por qué agora me dejas   como a estraño,
sin dar daqueste daño   fin al cuento?
¿Piensas que tu tormento   como nuevo
escucho, y que no pruebo   por mi suerte
aquesta viva muerte   en las entrañas?
Si ni con todas mañas   o esperiencia
esta grave dolencia   se deshecha,
al menos aprovecha,   yo te digo,
para que de un amigo   que adolesca
otro se condolesca,   que ha llegado
de bien acuchillado   a ser maestro.
Así que, pues te muestro   abiertamente
que no estoy inocente   destos males,
que aun traigo las señales   de las llagas,
no es bien que tú te hagas   tan esquivo,
que mientras estás vivo,   ser podría
que por alguna vía   t’avisase,
o contigo llorase,   que no es malo
tener al pie del palo   quien se duela
del mal, y sin cautela   t’aconseje.

 

ALBANIO

Tú quieres que forceje   y que contraste
con quien al fin no baste   a derrocalle.
Amor quiere que calle;   yo no puedo
mover el paso un dedo   sin gran mengua;
él tiene de mi lengua   el movimiento,
así que no me siento   ser bastante.

 

SALICIO

¿Qué te pone delante   que t’empida
el descubrir tu vida   al que aliviarte
del mal alguna parte   cierto espera?

 

ALBANIO

Amor quiere que muera   sin reparo,
y conociendo claro   que bastaba
lo que yo descansaba   en este llanto
contigo a que entretanto   m’aliviase
y aquel tiempo probase   a sostenerme,
por más presto perderme,   como injusto,
me ha ya quitado el gusto   que tenía
de echar la pena mía   por la boca,
así que ya no toca   nada dello
a ti querer sabello,   ni contallo
a quien solo pasallo   le conviene,
y muerte sola por alivio tiene.

 

SALICIO

     ¿Quién es contra su ser tan inhumano
que al enimigo entrega su despojo
y pone su poder en otra mano?
     ¿Cómo, y no tienes algún hora enojo
de ver que amor tu misma lengua ataje
o la desate por su solo antojo?

 

ALBANIO

     Salicio amigo, cese este lenguaje;
cierra tu boca y más aquí no la abras;
yo siento mi dolor, y tú mi ultraje.
     ¿Para qué son maníficas palabras?
¿Quién te hizo filósofo elocuente,
siendo pastor d’ovejas y de cabras?
     ¡Oh cuitado de mí, cuán fácilmente,
con espedida lengua y rigurosa,
el sano da consejos al doliente!

 

SALICIO

     No te aconsejo yo ni digo cosa
para que debas tú por ella darme
respuesta tan aceda y tan odiosa;
     ruégote que tu mal quieras contarme
porque d’él pueda tanto entristecerme
cuanto suelo del bien tuyo alegrarme.

 

ALBANIO

     Pues ya de ti no puedo defenderme,
yo tornaré a mi cuento cuando hayas
prometido una gracia concederme,
     y es que en oyendo el fin, luego te vayas
y me dejes llorar mi desventura
entr’estos pinos solo y estas hayas.

 

SALICIO

     Aunque pedir tú eso no es cordura,
yo seré dulce más que sano amigo
y daré buen lugar a tu tristura.

 

ALBANIO

     Ora, Salicio, escucha lo que digo,
y vos, ¡oh ninfas deste bosque umbroso!,
adoquiera que estáis, estad comigo.
     Ya te conté el estado tan dichoso
adó me puso amor, si en él yo firme
pudiera sostenerme con reposo;
     mas como de callar y d’encubrirme
d’aquélla por quien vivo m’encendía
llegué ya casi al punto de morirme,
     mil veces ella preguntó qué había
y me rogó que el mal le descubriese
que mi rostro y color le descubría;
     mas no acabó, con cuanto me dijiese,
que de mí a su pregunta otra respuesta
que un sospiro con lágrimas hubiese.
     Aconteció que en un’ ardiente siesta,
viniendo de la caza fatigados
en el mejor lugar desta floresta,
     qu’es éste donde ’stamos asentados,
a la sombra d’un árbol aflojamos
las cuerdas a los arcos trabajados;
     en aquel prado allí nos reclinamos,
y del Céfiro fresco recogiendo
el agradable espirtu, respiramos.
     Las flores, a los ojos ofreciendo
diversidad estraña de pintura,
diversamente así estaban oliendo;
     y en medio aquesta fuente clara y pura,
que como de cristal resplandecía,
mostrando abiertamente su hondura,
     el arena, que d’oro parecía,
de blancas pedrezuelas varïada,
por do manaba el agua, se bullía.
     En derredor, ni sola una pisada
de fiera o de pastor o de ganado
a la sazón estaba señalada.
     Después que con el agua resfrïado
hubimos el calor y juntamente
la sed de todo punto mitigado,
     ella, que con cuidado diligente
a conocer mi mal tenia el intento
y a escodriñar el ánimo doliente,
     con nuevo ruego y firme juramento
me conjuró y rogó que le contase
la causa de mi grave pensamiento,
     y si era amor, que no me recelase
de hacelle mi caso manifesto
y demostralle aquella que yo amase;
     que me juraba que también en esto
el verdadero amor que me tenía
con pura voluntad estaba presto.
     Yo, que tanto callar ya no podía
y claro descubrir menos osara
lo que en el alma triste se sentía,
     le dije que en aquella fuente clara
veria d’aquella que yo tanto amaba
abiertamente la hermosa cara;
     ella, que ver aquésta deseaba,
con menos diligencia discurriendo
d’aquélla con qu’el paso apresuraba,
     a la pura fontana fue corriendo,
y en viendo el agua, toda fue alterada,
en ella su figura sola viendo;
     y no de otra manera arrebatada
del agua rehuyó que si estuviera
de la rabiosa enfermedad tocada,
     y sin mirarme, desdeñosa y fiera,
no sé qué allá entre dientes murmurando,
me dejó aquí, y aquí quiere que muera.
     Quedé yo triste y solo allí, culpando
mi temerario osar, mi desvarío,
la pérdida del bien considerando;
     creció de tal manera el dolor mío
y de mi loco error el desconsuelo
que hice de mis lágrimas un río.
     Fijos los ojos en el alto cielo,
estuve boca arriba una gran pieza
tendido, sin mudarme en este suelo;
     y como d’un dolor otro s’empieza,
el largo llanto, el desvanecimiento,
el vano imaginar de la cabeza,
     de mi gran culpa aquel remordimiento,
verme del todo, al fin, sin esperanza
me trastornaron casi el sentimiento.
    .Cómo deste lugar hice mudanza
no sé, ni quién d’aquí me condujiese
al triste albergue y a mi pobre estanza;
     sé que tornando en mí, como estuviese
sin comer y dormir bien cuatro días
y sin que el cuerpo de un lugar moviese,
     las ya desmamparadas vacas mías
por otro tanto tiempo no gustaron
las verdes hierbas ni las aguas frías;
     los pequeños hijuelos, que hallaron
las tetas secas ya de las hambrientas
madres, bramando al cielo se quejaron;
     las selvas, a su voz también atentas,
bramando pareció que respondían,
condolidas del daño y descontentas.
     Aquestas cosas nada me movían;
antes, con mi llorar, hacia espantados
todos cuantos a verme allí venían.
     Vinieron los pastores de ganados,
vinieron de los sotos los vaqueros
para ser de mi mal de mí informados;
     y todos con los gestos lastimeros
me preguntaban cuáles habian sido
los acidentes de mi mal primeros;
     a los cuales, en tierra yo tendido,
ninguna otra respuesta dar sabía,
rompiendo con sollozos mi gemido,
     sino de rato en rato les decía:
"Vosotros, los de Tajo, en su ribera
cantaréis la mi muerte cada día;
     este descanso llevaré, aunque muera,
que cada día cantaréis mi muerte,
vosotros, los de Tajo, en su ribera".
     La quinta noche, en fin, mi cruda suerte,
queriéndome llevar do se rompiese
aquesta tela de la vida fuerte,
     hizo que de mi choza me saliese
por el silencio de la noche ’scura
a buscar un lugar donde muriese,
     y caminando por do mi ventura
y mis enfermos pies me condujeron,
llegué a un barranco de muy gran altura;
     luego mis ojos le reconocieron,
que pende sobre’l agua, y su cimiento
las ondas poco a poco le comieron.
     Al pie d’un olmo hice allí mi asiento,
y acuérdome que ya con ella estuve
pasando allí la siesta al fresco viento;
     en aquesta memoria me detuve
como si aquésta fuera medicina
de mi furor y cuanto mal sostuve.
     Denunciaba el aurora ya vecina
la venida del sol resplandeciente,
a quien la tierra, a quien la mar s’enclina;
     entonces, como cuando el cisne siente
el ansia postrimera que l’aqueja
y tienta el cuerpo mísero y doliente,
con triste y lamentable son se queja
y se despide con funesto canto
del espirtu vital que d’él s’aleja:
     así aquejado yo de dolor tanto
que el alma abandonaba ya la humana
carne, solté la rienda al triste llanto:
     "¡Oh fiera", dije, "más que tigre hircana
y más sorda a mis quejas qu’el rüido
embravecido de la mar insana,
     heme entregado, heme aquí rendido,
he aquí que vences; toma los despojos
de un cuerpo miserable y afligido!
     Yo porné fin del todo a mis enojos;
ya no te ofenderá mi rostro triste,
mi temerosa voz y húmidos ojos;
     quizá tú, qu’en mi vida no moviste
el paso a consolarme en tal estado
ni tu dureza cruda enterneciste,
     viendo mi cuerpo aquí desamparado,
vernás a arrepentirte y lastimarte,
mas tu socorro tarde habrá llegado.
     ¿Cómo pudiste tan presto olvidarte
d’aquel tan luengo amor, y de sus ciegos
ñudos en sola un hora desligarte?
     ¿No se te acuerda de los dulces juegos
ya de nuestra niñez, que fueron leña
destos dañosos y encendidos fuegos,
     cuando la encina desta espesa breña
de sus bellotas dulces despojaba,
que íbamos a comer sobr’esta peña?
     ¿Quién las castañas tiernas derrocaba
del árbol, al subir dificultoso?
¿Quién en su limpia falda las llevaba?
     ¿Cuándo en valle florido, espeso, umbroso
metí jamás el pie que d’él no fuese
cargado a ti de flores y oloroso?
     Jurábasme, si ausente yo estuviese,
que ni el agua sabor ni olor la rosa
ni el prado hierba para ti tuviese.
     ¿A quién me quejo?, que no escucha cosa
de cuantas digo quien debria escucharme.
Eco sola me muestra ser piadosa;
     respondiéndome, prueba conhortarme
como quien probó mal tan importuno,
mas no quiere mostrarse y consolarme.
     ¡Oh dioses, si allá juntos de consuno,
de los amantes el cuidado os toca;
o tú solo, si toca a solo uno!,
     recebid las palabras que la boca
echa con la doliente ánima fuera,
antes qu’el cuerpo torne en tierra poca.
     ¡Oh náyades, d’aquesta mi ribera
corriente moradoras; oh napeas,
guarda del verde bosque verdadera!,
     alce una de vosotras, blancas deas,
del agua su cabeza rubia un poco,
así, ninfa, jamás en tal te veas;
     podré decir que con mis quejas toco
las divinas orejas, no pudiendo
las humanas tocar, cuerdo ni loco.
     ¡Oh hermosas oreadas que, teniendo
el gobierno de selvas y montañas,
a caza andáis, por ellas discurriendo!,
     dejad de perseguir las alimañas,
venid a ver un hombre perseguido,
a quien no valen fuerzas ya ni mañas.
     ¡Oh dríadas, d’amor hermoso nido,
dulces y graciosísimas doncellas
que a la tarde salís de lo ascondido,
     con los cabellos rubios que las bellas
espaldas dejan d’oro cubijadas!,
parad mientes un rato a mis querellas,
     y si con mi ventura conjuradas
no estáis, haced que sean las ocasiones
de mi muerte aquí siempre celebradas.
     ¡Oh lobos, oh osos, que por los rincones
destas fieras cavernas ascondidos
estáis oyendo agora mis razones!,
     quedaos a Dios, que ya vuestros oídos
de mi zampoña fueron halagados
y alguna vez d’amor enternecidos.
     Adiós, montañas; adiós, verdes prados;
adiós, corrientes ríos espumosos:
vivid sin mí con siglos prolongados,
     y mientras en el curso presurosos
iréis al mar a dalle su tributo,
corriendo por los valles pedregosos,
     haced que aquí se muestre triste luto
por quien, viviendo alegre, os alegraba
con agradable son y viso enjuto,
     por quien aquí sus vacas abrevaba,
por quien, ramos de lauro entretejendo,
aquí sus fuertes toros coronaba".
     Estas palabras tales en diciendo,
en pie m’alcé por dar ya fin al duro
dolor que en vida estaba padeciendo,
     y por el paso en que me ves te juro
que ya me iba a arrojar de do te cuento,
con paso largo y corazón seguro,
     cuando una fuerza súbita de viento
vino con tal furor que d’una sierra
pudiera remover el firme asiento.
     De espaldas, como atónito, en la tierra
desde ha gran rato me hallé tendido,
que así se halla siempre aquel que yerra.
     Con más sano discurso en mi sentido
comencé de culpar el presupuesto
y temerario error que había seguido
     en querer dar, con triste muerte, al resto
d’aquesta breve vida fin amargo,
no siendo por los hados aun dispuesto.
     D’allí me fui con corazón más largo
para esperar la muerte cuando venga
a relevarme deste grave cargo.
     Bien has ya visto cuánto me convenga,
que pues buscalla a mí no se consiente,
ella en buscarme a mí no se detenga.
     Contado t’he la causa, el acidente,
el daño y el proceso todo entero;
cúmpleme tu promesa prestamente,
     y si mi amigo cierto y verdadero
eres, como yo pienso, vete agora;
no estorbes con dolor acerbo y fiero
al afligido y triste cuando llora.

 

SALICIO

            Tratara de una parte
        que agora sólo siento,
si no pensaras que era dar consuelo:
        quisiera preguntarte
        cómo tu pensamiento
se derribó tan presto en ese suelo,
        o se cobrió de un velo,
        para que no mirase
        que quien tan luengamente
        amó, no se consiente
que tan presto del todo t’olvidase.
        ¿Qué sabes si ella agora
juntamente su mal y el tuyo llora?

 

ALBANIO

            Cese ya el artificio
        de la maestra mano;
no me hagas pasar tan grave pena.
        Harásme tú, Salicio,
        ir do nunca pie humano
estampó su pisada en el arena.
        Ella está tan ajena
        d’estar desa manera
        como tú de pensallo,
        aunque quieres mostrallo
con razón aparente a verdadera;
        ejercita aquí el arte
a solas, que yo voyme en otra parte.

 

SALICIO

            No es tiempo de curalle
        hasta que menos tema
la cura del maestro y su crüeza;
        solo quiero dejalle,
        que aun está la postema
intratable, a mi ver, por su dureza;
        quebrante la braveza
        del pecho empedernido
        con largo y tierno llanto.
        Iréme yo entretanto
a requirir d’un ruiseñor el nido,
        que está en un alta encina
y estará presto en manos de Gravina.

 

CAMILA

Si desta tierra no he perdido el tino,
por aquí el corzo vino   que ha traído,
después que fue herido,   atrás el viento.
¡Qué recio movimiento   en la corrida
lleva, de tal herida   lastimado!
En el siniestro lado   soterrada,
la flecha enherbolada   iba mostrando,
las plumas blanqueando   solas fuera,
y háceme que muera   con buscalle.
No paso deste valle;   aquí está cierto,
y por ventura muerto.   ¡Quién me diese
alguno que siguiese   el rastro agora,
mientras la herviente hora   de la siesta
en aquesta floresta   yo descanso!
¡ Ay, viento fresco y manso   y amoroso,
almo, dulce, sabroso!,   esfuerza, esfuerza
tu soplo, y esta fuerza   tan caliente
del alto sol ardiente   ora quebranta,
que ya la tierna planta   del pie mío
anda a buscar el frío   desta hierba.
A los hombres reserva   tú, Dïana,
en esta siesta insana,   tu ejercicio;
por agora tu oficio   desamparo,
que me ha costado caro   en este día.
¡Ay dulce fuente mía,   y de cuán alto
con solo un sobresalto   m’arrojaste!
¿Sabes que me quitaste,   fuente clara,
los ojos de la cara?,   que no quiero
menos un compañero   que yo amaba,
mas no como él pensaba.   ¡Dios ya quiera
que antes Camila muera   que padezca
culpa por do merezca   ser echada
de la selva sagrada   de Dïana!
¡Oh cuán de mala gana   mi memoria
renueva aquesta historia!   Mas la culpa
ajena me desculpa,   que si fuera
yo la causa primera   desta ausencia,
yo diera la sentencia   en mi contrario;
él fue muy voluntario   y sin respeto.
Mas ¿para qué me meto   en esta cuenta?
Quiero vivir contenta   y olvidallo
y aquí donde me hallo   recrearme;
aquí quiero acostarme,   y en cayendo
la siesta, iré siguiendo   mi corcillo,
que yo me maravillo   ya y m’espanto
cómo con tal herida   huyó tanto.

 

ALBANIO

     Si mi turbada vista no me miente,
paréceme que vi entre rama y rama
una ninfa llegar a aquella fuente.
     Quiero llegar allá: quizá si ella ama,
me dirá alguna cosa con que engañe,
con algún falso alivio, aquesta llama.
     Y no se me da nada que desbañe
mi alma si es contrario a lo que creo,
que a quien no espera bien, no hay mal que dañe.
     ¡Oh santos dioses!, ¿qué’s esto que veo?
¿Es error dc fantasma convertida
en forma de mi amor y mi deseo?
     Camila es ésta que está aquí dormida;
no puede d’otra ser su hermosura.
La razón está clara y conocida:
     una obra sola quiso la natura
hacer como ésta, y rompió luego apriesa
la estampa do fue hecha tal figura;
     ¿quién podrá luego de su forma espresa
el traslado sacar, si la maestra
misma no basta, y ella lo confiesa?
     Mas ya qu’es cierto el bien que a mí se muestra,
¿cómo podré llegar a despertalla,
temiendo yo la luz que a ella me adiestra?
     Si solamente de poder tocalla
perdiese el miedo yo... Mas ¿si despierta?
Si despierta, tenella y no soltalla.
     Esta osadía temo que no es cierta.
¿Qué me puede hacer? Quiero llegarme;
en fin, ella está agora como muerta.
     Cabe ella por lo menos asentarme
bien puedo, mas no ya como solía...
¡Oh mano poderosa de matarme!,
     ¿viste cuánto tu fuerza en mí podía?
¿Por qué para sanarme no la pruebas?,
que su poder a todo bastaría.

 

CAMILA

     ¡Socórreme, Dïana!

 

ALBANIO

                                        ¡No te muevas,
que no t’he de soltar; escucha un poco!

 

CAMILA

¿Quién me dijera, Albanio, tales nuevas?
     ¡Ninfas del verde bosque, a vos invoco;
a vos pido socorro desta fuerza!
¿Qué es esto, Albanio? Dime si estás loco.

 

ALBANIO

     Locura debe ser la que me fuerza
a querer más qu’el alma y que la vida
a la que a aborrecerme a mí se  ’sfuerza.

 

CAMILA

     Yo debo ser de ti l’aborrecida,
pues me quieres tratar de tal manera,
siendo tuya la culpa conocida.

 

ALBANIO

     ¿Yo culpa contra ti? ¡ Si la primera
no está por cometer, Camila mía,
en tu desgracia y disfavor yo muera!

 

CAMILA

     ¿Tú no violaste nuestra compañía,
quiriéndola torcer por el camino
que de la vida honesta se desvía?

 

ALBANIO

     ¿Cómo, de sola una hora el desatino
ha de perder mil años de servicio,
si el arrepentimiento tras él vino?

 

CAMILA

     Aquéste es de los hombres el oficio:
tentar el mal, y si es malo el suceso,
pedir con humildad perdón del vicio.

 

ALBANIO

     ¿Qué tenté yo, Camila?

 

CAMILA

                                            ¡Bueno es eso!
Esta fuente lo diga, que ha quedado
por un testigo de tu mal proceso.

 

ALBANIO

     Si puede ser mi yerro castigado
con muerte, con deshonra o con tormento,
vesme aquí; estoy a todo aparejado.

 

CAMILA

     Suéltame ya la mano, que el aliento
me falta de congoja.

 

ALBANIO

                                  He muy gran miedo
que te me irás, que corres más qu’el viento.

 

CAMILA

     No estoy como solía, que no puedo
moverme ya, de mal ejercitada;
suelta, que casi m’has quebrado un dedo.

 

ALBANIO

     ¿Estarás, si te suelto, sosegada,
mientras con razón clara te demuestro
que fuiste sin razón de mí enojada?

 

CAMILA

     ¡Eres tú de razones gran maestro!
Suelta, que sí estaré.

 

ALBANIO

                                     Primero jura
por la primera fe del amor nuestro.

 

CAMILA

     Yo juro por la ley sincera y pura
del amistad pasada de sentarme
y de  ‘scuchar tus quejas muy segura.
     ¡Cuál me tienes la mano d’apretarme
con esa dura mano, descreído!

 

ALBANIO

¡Cuál me tienes el alma de dejarme!

 

CAMILA

     ¡Mi prendedero d’oro, si es perdido!
¡Oh cuitada de mí, mi prendedero
desde aquel valle aquí se m’ha caído!

 

ALBANIO

     Mira no se cayese allá primero,
antes d’aquéste, al val de la Hortiga.

 

CAMILA

Doquier que se perdió, buscalle quiero.

 

ALBANIO

     Yo iré a buscalle; escusa esta fatiga,
que no puedo sufrir que aquesta arena
abrase el blanco pie de mi enemiga.

 

CAMILA

     Pues ya quieres tomar por mí esta pena,
derecho ve primero a aquellas hayas,
que allí estuve yo echada un’ hora buena.

 

ALBANIO

     Yo voy, mas entretanto no te vayas.

 

CAMILA

Seguro ve, ¡que antes verás mi muerte
que tú me cobres ni a tus manos hayas!

 

ALBANIO

     ¡Ah, ninfa desleal!, ¿y desa suerte
se guarda el juramento que me diste?
¡Ah, condición de vida dura y fuerte!
     ¡Oh falso amor, de nuevo me hiciste
revivir con un poco d’csperanza!
¡Oh modo de matar nojoso y triste!
     ¡Oh muerte llena de mortal tardanza,
podré por ti llamar injusto el cielo,
injusta su medida y su balanza!
     Recibe tú, terreno y duro suelo,
este rebelde cuerpo que detiene
del alma el espedido y presto vuelo;
     yo me daré la muerte, y aun si viene
alguno a resistirme... ¿a resistirme?:
¡él verá que a su vida no conviene!
     ¿No puedo yo morir, no puedo irme
por aquí, por allí, por do quisiere,
desnudo espirtu o carne y hueso firme?

 

SALICIO

     Escucha, que algún mal hacerse quiere.
¡Oh, cierto tiene trastornado el seso!

 

ALBANIO

¡Aquí tuviese yo quien mal me quiere!
     Descargado me siento d’un gran peso;
paréceme que vuelo, despreciando
monte, choza, ganado, leche y queso.
     ¿No son aquéstos pies? Con ellos ando.
Ya caigo en ello: el cuerpo se m’ha ido;
sólo el espirtu es este que ora mando.
     ¿Hale hurtado alguno o escondido
mientras mirando estaba yo otra cosa?
¿O si quedó por caso allí dormido?
     Una figura de color de rosa
estaba allí dormiendo: ¿si es aquélla
mi cuerpo? No, que aquélla es muy hermosa.

 

NEMOROSO

     ¡Gentil cabeza! No daria por ella
yo para mi traer solo un cornado.

 

ALBANIO

¿A quién iré del hurto a dar querella?

 

SALICIO

     Estraño enjemplo es ver en qué ha parado
este gentil mancebo, Nemoroso,
ya a nosotros, que l’hemos más tratado,
     manso, cuerdo, agradable, virtüoso,
sufrido, conversable, buen amigo,
y con un alto ingenio, gran reposo.

 

ALBANIO

     ¡Yo podré poco o hallaré testigo
de quién hurtó mi cuerpo! Aunque esté ausente,
yo le perseguiré como a enemigo.
     ¿Sabrásme decir d’él, mi clara fuente?
Dímelo, si lo sabes: así Febo
nunca tus frescas ondas escaliente.
     Allá dentro en el fondo está un mancebo,
de laurel coronado y en la mano
un palo, propio como yo, d’acebo.
     ¡Hola! ¿quién está ’llá? Responde, hermano.
¡Válasme, Dios!, o tú eres sordo o mudo,
o enemigo mortal del trato humano.
     Espirtu soy, de carne ya desnudo,
que busco el cuerpo mío, que m’ha hurtado
algún ladrón malvado, injusto y crudo.
     Callar que callarás. ¿Hasme ’scuchado?
¡Oh santo Dios!, mi cuerpo mismo veo,
o yo tengo el sentido trastornado.
     ¡Oh cuerpo, hete hallado y no lo creo!
¡Tanto sin ti me hallo descontento,
pon fin ya a tu destierro y mi deseo!

 

NEMOROSO

     Sospecho qu’el contino pensamiento
que tuvo de morir antes d’agora
le representa aqueste apartamiento.

 

SALICIO

     Como del que velando siempre llora,
quedan, durmiendo, las especies llenas
del dolor que en el alma triste mora.

 

ALBANIO

Si no estás en cadenas,   sal ya fuera
a darme verdadera   forma d’hombre,
que agora solo el nombre   m’ha quedado;
y si allá estás forzado   en ese suelo,
dímelo, que si al cielo   que me oyere
con quejas no moviere   y llanto tierno,
convocaré el infierno   y reino escuro
y rompiré su muro   de diamante,
como hizo el amante   blandamente
por la consorte ausente   que cantando
estuvo halagando   las culebras
de las hermanas negras,   mal peinadas.

 

NEMOROSO

¡De cuán desvarïadas    opiniones
saca buenas razones   el cuitado!

 

SALICIO

El curso acostumbrado   del ingenio,
aunque le falte el genio   que lo mueva,
con la fuga que lleva   corre un poco,
y aunque éste está ora loco,   no por eso
ha de dar al travieso   su sentido,
en todo habiendo sido   cual tú sabes.

 

NEMOROSO

No más, no me le alabes,   que por cierto
como de velle muerto   estoy llorando.

 

ALBANIO

Estaba contemplando   qué tormento
es deste apartamiento   lo que pienso.
No nos aparta imenso   mar airado,
no torres de fosado   rodeadas,
no montañas cerradas   y sin vía,
no ajena compañía   dulce y cara:
un poco d’agua clara   nos detiene.
Por ella no conviene   lo que entramos
con ansia deseamos,   porque al punto
que a ti me acerco y junto,   no te apartas;
antes nunca te hartas   de mirarme
y de sinificarme   en tu meneo
que tienes gran deseo   de juntarte
con esta media parte.   Daca, hermano,
écham’ acá esa mano,   y como buenos
amigos a lo menos   nos juntemos
y aquí nos abracemos.   ¡Ah, burlaste!
¿Así te me ’scapaste?   Yo te digo
que no es obra d’amigo   hacer eso;
quedo yo, don travieso,   remojado,
¿y tú estás enojado?   ¡Cuán apriesa
mueves ¿qué cosa es esa?   tu figura!
¿Aun esa desventura   me quedaba?
Ya yo me consolaba   en ver serena
tu imagen, y tan buena   y amorosa;
no hay bien ni alegre cosa   ya que dure.

 

NEMOROSO

A lo menos, que cure   tu cabeza.

 

SALICIO

Salgamos, que ya empieza   un furor nuevo,

 

ALBANIO

¡Oh Dios! ¿por qué no pruebo    a echarme dentro
hasta llegar al centro   de la fuente?

 

SALICIO

¿Qué’s esto, Albanio?    ¡Tente!

 

ALBANIO

                                                    ¡Oh manifesto
ladrón!, mas ¿qué’s aquesto?   ¡Es muy bueno
vestiros de lo ajeno   y ante’l dueño,
como si fuese un leño   sin sentido,
venir muy revestido   de mi carne!
¡Yo haré que descarne   esa alma osada
aquesta mano airada!

 

SALICIO

                                         ¡Está quedo!
¡Llega tú, que no puedo   detenelle!

 

NEMOROSO

Pues ¿qué quieres hacelle?

 

SALICIO

                                             ¿Yo?   Dejalle,
si desenclavijalle   yo acabase
la mano, a que escapase   mi garganta.

 

NEMOROSO

No tiene fuerza tanta;   solo puedes
hacer tú lo que debes   a quien eres.

 

SALICIO

¡Qué tiempo de placeres   y de burlas!
¿Con la vida te burlas,   Nemoroso?
¡Ven, ya no ’stés donoso!

 

NEMOROSO

                                            Luego vengo;
en cuanto me detengo   aquí un poco,
veré cómo de un loco   te desatas.

 

SALICIO

¡Ay, paso, que me matas!

 

ALBANIO

                                               ¡Aunque mueras!

 

NEMOROSO

¡Ya aquello va de veras!   ¡Suelta, loco!

 

ALBANIO

Déjame ’star un poco,    que ya acabo.

 

NEMOROSO

¡Suelta ya!

 

ALBANIO

                     ¿Qué te hago?

 

NEMOROSO

                                                ¡A mí, no nada!

 

ALBANIO

Pues vete tu jornada,   y no entiendas
en aquestas contiendas.

 

SALICIO

                                               ¡Ah, furioso!
Afierra, Nemoroso,   y tenle fuerte.
¡Yo te daré la muerte,   don perdido!
Ténmele tú tendido   mientras l’ato.
Probemos así un rato   a castigalle;
quizá con espantalle   habrá algún miedo.

 

ALBANIO

Señores, si  ’stoy quedo,    ¿dejarésme?

 

SALICIO

¡No!

 

ALBANIO

          Pues ¿qué, matarésme?

 

SALICIO

                                                ¡Sí!

 

ALBANIO

                                                          ¿Sin falta?
Mira cuánto más alta   aquella sierra
está que la otra tierra.

 

NEMOROSO

                                                Bueno es esto;
él olvidará presto   la braveza.

 

SALICIO

¡Calla, que así s’aveza    a tener seso!

 

ALBANIO

¿Cómo, azotado y preso?

 

SALICIO

                                          ¡Calla, escucha!

 

ALBANIO

Negra fue aquella lucha   que contigo
hice, que tal castigo   dan tus manos.
¿No éramos como hermanos   de primero?

 

NEMOROSO

Albanio, compañero,   calla agora
y duerme aquí algún hora,   y no te muevas.

 

ALBANIO

¿Sabes algunas nuevas   de mí?

 

SALICIO

                                                       ¡Loco!

 

ALBANIO

Paso, que duermo un poco.

 

SALICIO

                                               ¿Duermes cierto?

 

ALBANIO

¿No me ves como un muerto?    Pues ¿qué hago?

 

SALICIO

Éste te dará el pago,   si despiertas,
en esas carnes muertas,   te prometo.

 

NEMOROSO

     Algo ’stá más quieto   y reposado
que hasta ’quí. ¿Qué dices tú, Salicio?
¿Parécete que puede ser curado?

 

SALICIO

     En procurar cualquiera beneficio
a la vida y salud d’un tal amigo,
haremos el debido y justo oficio.

 

NEMOROSO

     Escucha, pues, un poco lo que digo;
contaréte una ’straña y nueva cosa
de que yo fui la parte y el testigo.
     En la ribera verde y deleitosa
del sacro Tormes, dulce y claro río,
hay una vega grande y espaciosa,
     verde en el medio del invierno frío,
en el otoño verde y primavera,
verde en la fuerza del ardiente estío.
     Levántase al fin della una ladera,
con proporción graciosa en el altura,
que sojuzga la vega y la ribera;
     allí está sobrepuesta la espesura
de las hermosas torres, levantadas
al cielo con estraña hermosura,
     no tanto por la fábrica estimadas,
aunque ’straña labor allí se vea,
cuanto por sus señores ensalzadas.
     Allí se halla lo que se desea:
virtud, linaje, haber y todo cuanto
bien de natura o de fortuna sea.
     Un hombre mora allí de ingenio tanto
que toda la ribera adonde él vino
nunca se harta d’escuchar su canto.
     Nacido fue en el campo placentino,
que con estrago y destrución romana
en el antiguo tiempo fue sanguino,
     y en éste con la propia la inhumana
furia infernal, por otro nombre guerra,
le tiñe, le rüina y le profana;
     él, viendo aquesto, abandonó su tierra,
por ser más del reposo compañero
que de la patria, que el furor atierra.
     Llevóle a aquella parte el buen agüero
d’aquella tierra d’Alba tan nombrada,
que éste’s el nombre della, y d’él Severo.
     A aquéste Febo no le´scondió nada,
antes de piedras, hierbas y animales
diz que le fue noticia entera dada.
     Éste, cuando le place, a los caudales
ríos el curso presuroso enfrena
con fuerza de palabras y señales;
     la negra tempestad en muy serena
y clara luz convierte, y aquel día,
si quiere revolvelle, el mundo atruena;
     la luna d’allá arriba bajaría
si al son de las palabras no impidiese
el son del carro que la mueve y guía.
     Temo que si decirte presumiese
de su saber la fuerza con loores,
que en lugar d’alaballe l’ofendiese.
     Mas no te callaré que los amores
con un tan eficaz remedio cura
cual se conviene a tristes amadores;
     en un punto remueve la tristura,
convierte’n odio aquel amor insano,
y restituye’l alma a su natura.
     No te sabré dicir, Salicio hermano,
la orden de mi cura y la manera,
mas sé que me partí d’él libre y sano.
     Acuérdaseme bien que en la ribera
de Tormes le hallé solo, cantando
tan dulce que una piedra enterneciera.
     Como cerca me vido, adevinando
la causa y la razón de mi venida,
suspenso un rato ’stuvo así callando,
     y luego con voz clara y espedida
soltó la rienda al verso numeroso
en alabanzas de la libre vida.
     Yo estaba embebecido y vergonzoso,
atento al son y viéndome del todo
fuera de libertad y de reposo.
     No sé decir sino que’n fin de modo
aplicó a mi dolor la medicina
qu’el mal desarraigó de todo en todo.
     Quedé yo entonces como quien camina
de noche por caminos enriscados,
sin ver dónde la senda o paso inclina;
     mas, venida la luz y contemplados,
del peligro pasado nace un miedo
que deja los cabellos erizados:
     así estaba mirando, atento y quedo,
aquel peligro yo que atrás dejaba,
que nunca sin temor pensallo puedo.
     Tras esto luego se me presentaba,
sin antojos delante, la vileza
de lo que antes ardiendo deseaba.
     Así curó mi mal, con tal destreza,
el sabio viejo, como t’he contado,
que volvió el alma a su naturaleza
y soltó el corazón aherrojado.

 

SALICIO

¡Oh gran saber, oh viejo frutüoso,
qu’el perdido reposo   al alma vuelve,
y lo que la revuelve   y lleva a tierra
del corazón destierra   encontinente!
Con esto solamente   que contaste,
así le reputaste   acá comigo
que sin otro testigo   a desealle
ver presente y hablalle   me levantas.

 

NEMOROSO

¿Desto poco te ’spantas    tú, Salicio?
De más te daré indicio   manifesto,
si no te soy molesto   y enojoso.

 

SALICIO

¿Qué’s esto, Nemoroso,    y qué cosa
puede ser tan sabrosa   en otra parte
a mi como escucharte?  No la siento,
cuanto más este cuento   de Severo;
dímelo por entero,   por tu vida,
pues no hay quien nos impida   ni embarace.
Nuestro ganado pace,   el viento espira,
Filomena sospira   en dulce canto
y en amoroso llanto   s’amancilla;
gime la tortolilla   sobre’l olmo,
preséntanos a colmo   el prado flores
y esmalta en mil colores   su verdura;
la fuente clara y pura,   murmurando,
nos está convidando   a dulce trato.

 

NEMOROSO

¿Escucha, pues, un rato,   y diré cosas
estrañas y espantosas   poco a poco.
Ninfas, a vos invoco;   verdes faunos,
sátiros y silvanos,   soltá todos
mi lengua en dulces modos   y sotiles,
que ni los pastoriles   ni el avena
ni la zampoña suena   como quiero.
Este nuestro Severo   pudo tanto
con el süave canto   y dulce lira
que, revueltos en ira   y torbellino,
en medio del camino   se pararon
los vientos y escucharon   muy atentos
la voz y los acentos,   muy bastantes
a que los repugnantes   y contrarios
hiciesen voluntarios   y conformes.
A aquéste el viejo Tormes,   como a hijo,
le metió al escondrijo   de su fuente,
de do va su corriente   comenzada;
mostróle una labrada   y cristalina
urna donde él reclina   el diestro lado,
y en ella vio entallado   y esculpido
lo que, antes d’haber sido,   el sacro viejo
por devino consejo   puso en arte,
labrando a cada parte   las estrañas
virtudes y hazañas   de los hombres
que con sus claros nombres   ilustraron
cuanto señorearon   de aquel río.
Estaba con un brío   desdeñoso,
con pecho corajoso,   aquel valiente
que contra un rey potente   y de gran seso,
qu’el viejo padre preso   le tenía,
cruda guerra movía   despertando
su ilustre y claro bando al ejercicio
d’aquel piadoso oficio.   A aquéste junto
la gran labor al punto   señalaba
al hijo que mostraba   acá en la tierra
ser otro Marte en guerra,   en corte Febo;
mostrábase mancebo   en las señales
del rostro, qu’eran tales que ’speranza
y cierta confianza   claro daban,
a cuantos le miraban,   qu’él sería
en quien se informaría   un ser divino.
Al campo sarracino   en tiernos años
daba con graves daños   a sentillo,
que como fue caudillo   del cristiano,
ejercitó la mano   y el maduro
seso y aquel seguro   y firme pecho.
En otra parte, hecho   ya más hombre,
con más ilustre nombre,   los arneses
de los fieros franceses   abollaba.
Junto, tras esto, estaba   figurado
con el arnés manchado   de otra sangre,
sosteniendo la hambre   en el asedio,
siendo él solo el remedio   del combate,
que con fiero rebate   y con rüido
por el muro batido   l’ofrecían;
tantos al fin morían   por su espada,
a tantos la jornada   puso espanto,
que no hay labor que tanto   notifique
cuanto el fiero Fadrique   de Toledo
puso terror y miedo   al enemigo.
Tras aqueste que digo   se veía
el hijo don García,   qu’en el mundo
sin par y sin segundo   solo fuera
si hijo no tuviera.   ¿Quién mirara
de su hermosa cara   el rayo ardiente,
quién su replandeciente   y clara vista,
que no diera por lista   su grandeza?
Estaban de crüeza   fiera armadas
las tres inicuas hadas,   cruda guerra
haciendo allí a la tierra   con quitalle
éste, qu’en alcanzalle   fue dichosa.
¡Oh patria lagrimosa,   y cómo vuelves
los ojos a los Gelves,   sospirando!
Él está ejercitando   el duro oficio,
y con tal arteficio   la pintura
mostraba su figura   que dijeras,
si pintado lo vieras,   que hablaba.
El arena quemaba,   el sol ardía,
la gente se caía   medio muerta;
él solo con despierta   vigilancia
dañaba la tardanza   floja, inerte,
y alababa la muerte   glorïosa.
Luego la polvorosa   muchedumbre,
gritando a su costumbre,   le cercaba;
mas el que se llegaba   al fiero mozo
llevaba, con destrozo   y con tormento,
del loco atrevimiento   el justo pago.
Unos en bruto lago   de su sangre,
cortado ya el estambre   de la vida,
la cabeza partida   revolcaban;
otros claro mostraban,   espirando,
de fuera palpitando   las entrañas,
por las fieras y estrañas   cuchilladas
d’aquella mano dadas.   Mas el hado
acerbo, triste, airado   fue venido,
y al fin él, confundido   d’alboroto,
atravesado y roto   de mil hierros,
pidiendo de sus yerros   venia al cielo,
puso en el duro suelo   la hermosa
cara, como la rosa   matutina,
cuando ya el sol declina   al mediodía,
que pierde su alegría   y marchitando
va la color mudando;   o en el campo
cual queda el lirio blanco   qu’el arado
crudamente cortado   al pasar deja,
del cual aun no s’aleja   presuroso
aquel color hermoso   o se destierra,
mas ya la madre tierra   descuidada
no le administra nada   de su aliento,
que era el sustentamiento   y vigor suyo:
tal está el rostro tuyo   en el arena,
fresca rosa, azucena   blanca y pura.
Tras ésta una pintura   estraña tira
los ojos de quien mira   y los detiene
tanto que no conviene   mirar cosa
estraña ni hermosa   sino aquélla.
De vestidura bella   allí vestidas
las gracias esculpidas   se veían;
solamente traían   un delgado
velo qu’el delicado   cuerpo viste,
mas tal que no resiste   a nuestra vista.
Su diligencia en vista   demostraban;
todas tres ayudaban   en una hora
una muy gran señora   que paría.
Un infante se vía   ya nacido
tal cual jamás salido   d’otro parto
del primer siglo al cuarto   vio la luna;
en la pequeña cuna   se leía
un nombre que decía   "don Fernando".
Bajaban, d’él hablando,   de dos cumbres
aquellas nueve lumbres   de la vida
con ligera corrida,   y con ellas,
cual luna con estrellas,   el mancebo
intonso y rubio, Febo;   y en llegando,
por orden abrazando   todas fueron
al niño, que tuvieron   luengamente.
Visto como presente,   d’otra parte
Mercurio estaba y Marte,   cauto y fiero,
viendo el gran caballero   que encogido
en el recién nacido   cuerpo estaba.
Entonces lugar daba   mesurado
a Venus, que a su lado   estaba puesta;
ella con mano presta   y abundante
néctar sobre’l infante   desparcía,
mas Febo la desvía   d’aquel tierno
niño y daba el gobierno   a sus hermanas;
del cargo están ufanas   todas nueve.
El tiempo el paso mueve;   el niño crece
y en tierna edad florece   y se levanta
como felice planta   en buen terreno.
Ya sin precepto ajeno   él daba tales
de su ingenio señales que ’spantaban
a los que le crïaban;   luego estaba
cómo una l’entregaba   a un gran maestro
que con ingenio diestro   y vida honesta
hiciese manifiesta   al mundo y clara
aquel ánima rara   que allí vía.
Al niño recebía   con respeto
un viejo en cuyo aspeto   se via junto
severidad a un punto   con dulzura.
Quedó desta figura   como helado
Severo y espantado,   viendo el viejo
que, como si en espejo   se mirara,
en cuerpo, edad y cara   eran conformes.
En esto, el rostro a Tormes   revolviendo,
vio que ’staba rïendo   de su ’spanto.
"¿De qué t’espantas tanto?",   dijo el río.
"¿No basta el saber mío   a que primero
que naciese Severo,   yo supiese
que habia de ser quien diese   la doctrina
al ánima divina   deste mozo?"
Él, lleno d’alborozo   y d’alegría,
sus ojos mantenía   de pintura.
Miraba otra figura   d’un mancebo,
el cual venia con Febo   mano a mano,
al modo cortesano;   en su manera
juzgáralo cualquiera,   viendo el gesto
lleno d’un sabio, honesto   y dulce afeto,
por un hombre perfeto   en l’alta parte
de la difícil arte   cortesana,
maestra de la humana   y dulce vida.
Luego fue conocida   de Severo
la imagen por entero   fácilmente
deste que allí presente   era pintado:
vio qu’era el que habia dado   a don Fernando
su ánimo formando   en luenga usanza,
el trato, la crïanza   y gentileza,
la dulzura y llaneza   acomodada,
la virtud apartada   y generosa,
y en fin cualquiera cosa   que se vía
en la cortesanía   de que lleno
Fernando tuvo el seno   y bastecido.
Después de conocido,   leyó el nombre
Severo de aqueste hombre,   que se llama
Boscán, de cuya llama   clara y pura
sale’l fuego que apura   sus escritos,
que en siglos infinitos   ternán vida.
De algo más crecida   edad miraba
al niño, que ’scuchaba   sus consejos.
Luego los aparejos   ya de Marte,
estotro puesto aparte,   le traía;
así les convenía   a todos ellos
que no pudiera dellos   dar noticia
a otro la milicia   en muchos años.
Obraba los engaños   de la lucha;
la maña y fuerza mucha   y ejercicio
con el robusto oficio   está mezclando.
Allí con rostro blando   y amoroso
Venus aquel hermoso   mozo mira,
y luego le retira   por un rato
d’aquel áspero trato   y son de hierro;
mostrábale ser yerro   y ser mal hecho
armar contino el pecho   de dureza,
no dando a la terneza   alguna puerta.
Con él en una huerta   entrada siendo,
una ninfa dormiendo   le mostraba;
el mozo la miraba   y juntamente,
de súpito acidente   acometido,
estaba embebecido,   y a la diosa
que a la ninfa hermosa   s’allegase
mostraba que rogase,   y parecía
que la diosa temía   de llegarse.
Él no podía hartarse   de miralla,
de eternamente amalla   proponiendo.
Luego venia corriendo   Marte airado,
mostrándose alterado   en la persona,
y daba una corona   a don Fernando.
Y estábale mostrando   un caballero
que con semblante fiero   amenazaba
al mozo que quitaba   el nombre a todos.
Con atentados modos   se movía
contra el que l’atendía   en una puente;
mostraba claramente   la pintura
que acaso noche ’scura   entonces era.
De la batalla fiera   era testigo
Marte, que al enemigo   condenaba
y al mozo coronaba   en el fin d’ella;
el cual, como la estrella   relumbrante
que’l sol envia delante,   resplandece.
D’allí su nombre crece,   y se derrama
su valerosa fama   a todas partes.
Luego con nuevas artes   se convierte
a hurtar a la muerte   y a su abismo
gran parte de sí mismo   y quedar vivo
cuando el vulgo cativo   le llorare
y, muerto, le llamare   con deseo.
Estaba el Himeneo   allí pintado,
el diestro pie calzado   en lazos d’oro;
de vírgines un coro   está cantando,
partidas altercando   y respondiendo,
y en un lecho poniendo   una doncella
que, quien atento aquélla   bien mirase
y bien la cotejase   en su sentido
con la qu’el mozo vido   allá en la huerta,
verá que la despierta   y la dormida
por una es conocida   de presente.
Mostraba juntamente   ser señora
digna y merecedora   de tal hombre;
el almohada el nombre   contenía,
el cual doña María   Enríquez era.
Apenas tienen fuera   a don Fernando,
ardiendo y deseando   estar ya echado;
al fin era dejado   con su esposa
dulce, pura, hermosa,   sabia, honesta.
En un pie estaba puesta   la fortuna,
nunca estable ni una,   que llamaba
a Fernando, que ’staba   en vida ociosa,
porque en dificultosa   y ardua vía
quisiera ser su guía   y ser primera;
mas él por compañera   tomó aquella,
siguiendo a la qu’es bella   descubierta
y juzgada, cubierta,   por disforme.
El nombre era conforme   a aquesta fama:
virtud ésta se llama,   al mundo rara.
¿Quién tras ella guïara   igual en curso
sino éste, qu’el discurso   de su lumbre
forzaba la costumbre   de sus años,
no recibiendo engaños   sus deseos?
Los montes Pireneos,   que se ’stima
de abajo que la cima   está en el cielo
y desde arriba el suelo   en el infierno,
en medio del invierno   atravesaba.
La nieve blanqueaba,   y las corrientes
por debajo de puentes   cristalinas
y por heladas minas   van calladas;
el aire las cargadas   ramas mueve,
qu’el peso de la nieve   las desgaja.
Por aquí se trabaja   el duque osado,
del tiempo contrastado   y de la vía,
con clara compañía   de ir delante;
el trabajo constante   y tan loable
por la Francia mudable   en fin le lleva.
La fama en él renueva   la presteza,
la cual con ligereza   iba volando
y con el gran Fernando   se paraba
y le sinificaba   en modo y gesto
qu’el caminar muy presto   convenía.
De todos escogía   el duque uno,
y entramos de consuno   cabalgaban;
los caballos mudaban   fatigados,
mas a la fin llegados   a los muros
del gran París seguros,   la dolencia
con su débil presencia   y amarilla
bajaba de la silla   al duque sano
y con pesada mano   le tocaba.
Él luego comenzaba   a demudarse
y amarillo pararse   y a dolerse.
Luego pudiera verse   de travieso
venir por un espeso   bosque ameno,
de buenas hierbas lleno   y medicina,
Esculapio, y camina   no parando
hasta donde Fernando   estaba en lecho;
entró con pie derecho,   y parecía
que le restituía   en tanta fuerza
que a proseguir se ’sfuerza   su vïaje,
que le llevó al pasaje   del gran Reno.
Tomábale en su seno   el caudaloso
y claro rio, gozoso   de tal gloria,
trayendo a la memoria   cuando vino
el vencedor latino   al mismo paso.
No se mostraba escaso   de sus ondas;
antes, con aguas hondas   que engendraba,
los bajos igualaba,   y al liviano
barco daba de mano,   el cual, volando,
atrás iba dejando   muros, torres.
Con tanta priesa corres,   navecilla,
que llegas do amancilla   una doncella,
y once mil más con ella,   y mancha el suelo
de sangre que en el cielo   está esmaltada.
Úrsula, desposada   y virgen pura,
mostraba su figura   en una pieza
pintada; su cabeza   allí se vía
que los ojos volvía   ya espirando.
Y estábate mirando   aquel tirano
que con acerba mano   llevó a hecho,
de tierno en tierno pecho,   tu compaña.
Por la fiera Alemaña   d’aquí parte
el duque, a aquella parte   enderezado
donde el cristiano estado   estaba en dubio.
En fin al gran Danubio   s’encomienda;
por él suelta la rienda   a su navío,
que con poco desvío   de la tierra
entre una y otra sierra   el agua hiende.
El remo que deciende   en fuerza suma
mueve la blanca espuma   como argento;
el veloz movimiento   parecía
que pintado se vía   ante los ojos.
Con amorosos ojos,   adelante,
Carlo, César triunfante,   le abrazaba
cuando desembarcaba   en Ratisbona.
Allí por la corona   del imperio
estaba el magisterio   de la tierra
convocado a la guerra   que ’speraban;
todos ellos estaban   enclavando
los ojos en Fernando,   y en el punto
que a sí le vieron junto,   se prometen
de cuanto allí acometen   la vitoria.
Con falsa y vana gloria   y arrogancia,
con bárbara jactancia   allí se vía
a los fines de Hungría   el campo puesto
d ‘aquel que fue molesto   en tanto grado
al húngaro cuitado   y afligido;
las armas y el vestido   a su costumbre,
era la muchidumbre   tan estraña
que apenas la campaña   la abarcaba
ni a dar pasto bastaba,   ni agua el río.
César con celo pío   y con valiente
ánimo aquella gente   despreciaba;
la suya convocaba,   y en un punto
vieras un campo junto   de naciones
diversas y razones,   mas d’un celo.
No ocupaban el suelo   en tanto grado,
con número sobrado   y infinito,
como el campo maldito,   mas mostraban
virtud con que sobraban   su contrario,
ánimo voluntario,   industria y maña.
Con generosa saña   y viva fuerza
Fernando los esfuerza   y los recoge
y a sueldo suyo coge   muchos dellos.
D’un arte usaba entr’ellos   admirable:
con el diciplinable   alemán fiero
a su manera y fuero   conversaba;
a todos s’aplicaba   de manera
qu’el flamenco dijera   que nacido
en Flandes habia sido,   y el osado
español y sobrado,   imaginando
ser suyo don Fernando   y de su suelo,
demanda sin recelo   la batalla.
Quien más cerca se halla   del gran hombre
piensa que crece el nombre   por su mano.
El cauto italiano   nota y mira,
los ojos nunca tira   del guerrero,
y aquel valor primero   de su gente
junto en éste y presente   considera;
en él ve la manera   misma y maña
del que pasó en España   sin tardanza,
siendo solo esperanza   de su tierra,
y acabó aquella guerra   peligrosa
con mano poderosa   y con estrago
de la fiera Cartago   y de su muro,
y del terrible y duro   su caudillo,
cuyo agudo cuchillo   a las gargantas
Italia tuvo tantas   veces puesto.
Mostrábase tras esto   allí esculpida
la envidia carcomida,   a sí molesta,
contra Fernando puesta   frente a frente;
la desvalida gente   convocaba
y contra aquél la armaba   y con sus artes
busca por todas partes   daño y mengua.
Él, con su mansa lengua   y largas manos
los tumultos livianos   asentando,
poco a poco iba alzando   tanto el vuelo
que la envidia en el cielo   le miraba,
y como no bastaba   a la conquista,
vencida ya su vista   de tal lumbre,
forzaba su costumbre   y parecía
que perdón le pedía,   en tierra echada;
él, después de pisada,   descansado
quedaba y aliviado   deste enojo
y lleno del despojo   desta fiera.
Hallaba en la ribera   del gran río,
de noche al puro frío   del sereno,
a César, qu’en su seno   está pensoso
del suceso dudoso   desta guerra;
que aunque de sí destierra   la tristeza
del caso, la grandeza   trae consigo
el pensamiento amigo   del remedio.
Entramos buscan medio   convenible
para que aquel terrible   furor loco
les empeciese poco   y recibiese
tal estrago que fuese   destrozado.
Después de haber hablado,   ya cansados,
en la hierba acostados   se dormían;
el gran Danubio oían   ir sonando,
casi como aprobando   aquel consejo.
En esto el claro viejo   rio se vía
que del agua salía   muy callado,
de sauces coronado   y d’un vestido,
de las ovas tejido,   mal cubierto;
y en aquel sueño incierto   les mostraba
todo cuanto tocaba   al gran negocio,
y parecia qu’el ocio   sin provecho
les sacaba del pecho,   porque luego,
como si en vivo fuego   se quemara
alguna cosa cara,   se levantan
del gran sueño y s’espantan,   alegrando
el ánimo y alzando   la esperanza.
El río sin tardanza   parecía
qu’el agua disponía   al gran viaje;
allanaba el pasaje   y la corriente
para que fácilmente   aquella armada,
que habia de ser guïada   por su mano,
en el remar liviano   y dulce viese
cuánto el Danubio fuese   favorable.
Con presteza admirable   vieras junto
un ejército a punto   denodado;
y después d’embarcado,   el remo lento,
el duro movimiento   de los brazos,
los pocos embarazos   de las ondas
llevaban por las hondas   aguas presta
el armada molesta   al gran tirano.
El arteficio humano   no hiciera
pintura que esprimiera   vivamente
el armada, la gente,   el curso, el agua;
y apenas en la fragua   donde sudan
los cíclopes y mudan   fatigados
los brazos, ya cansados   del martillo,
pudiera así exprimillo   el gran maestro.
Quien viera el curso diestro   por la clara
corriente bien jurara   a aquellas horas
que las agudas proras   dividían
el agua y la hendían   con sonido,
y el rastro iba seguido;   luego vieras
al viento las banderas   tremolando,
las ondas imitando   en el moverse.
Pudiera también verse   casi viva
la otra gente esquiva   y descreída,
que d’ensoberbecida   y arrogante
pensaban que delante   no hallaran
hombres que se pararan   a su furia.
Los nuestros, tal injuria   no sufriendo,
remos iban metiendo   con tal gana
que iba d’espuma cana   el agua llena.
El temor enajena   al otro bando
el sentido, volando   de uno en uno;
entrábase importuno   por la puerta
de la opinión incierta,   y siendo dentro
en el íntimo centro   allá del pecho,
les dejaba deshecho   un hielo frío,
el cual como un gran río   en flujos gruesos
por medulas y huesos   discurría.
Todo el campo se vía   conturbado,
y con arrebatado   movimiento
sólo del salvamiento   platicaban.
Luego se levantaban   con desorden;
confusos y sin orden   caminando,
atrás iban dejando,   con recelo,
tendida por el suelo,   su riqueza.
Las tiendas do pereza   y do fornicio
con todo bruto vicio   obrar solían,
sin ellas se partían;   así armadas,
eran desamparadas   de sus dueños.
A grandes y pequeños   juntamente
era el temor presente   por testigo,
y el áspero enemigo   a las espaldas,
que les iba las faldas   ya mordiendo.
César estar teniendo   allí se vía
a Fernando, que ardía   sin tardanza
por colorar su lanza   en turca sangre.
Con animosa hambre   y con denuedo
forceja con quien quedo   estar le manda,
como lebrel de Irlanda   generoso
qu’el jabalí cerdoso   y fiero mira;
rebátese, sospira,   fuerza y riñe,
y apenas le costriñe   el atadura
qu’el dueño con cordura   más aprieta:
así estaba perfeta   y bien labrada
la imagen figurada   de Fernando
que quien allí mirando   lo estuviera,
que era desta manera   lo juzgara.
Resplandeciente y clara,   de su gloria
pintada, la Vitoria   se mostraba;
a César abrazaba,   y no parando,
los brazos a Fernando   echaba al cuello.
Él mostraba d’aquello   sentimiento,
por ser el vencimiento   tan holgado.
Estaba figurado   un carro estraño
con el despojo y daño   de la gente
bárbara, y juntamente   allí pintados
cativos amarrados   a las ruedas,
con hábitos y sedas   varïadas;
lanzas rotas, celadas   y banderas,
armaduras ligeras   de los brazos,
escudos en pedazos   divididos
vieras allí cogidos   en trofeo,
con qu’el común deseo   y voluntades
de tierras y ciudades   se alegraba.
Tras esto blanqueaba   falda y seno
con velas, al Tirreno,   del armada
sublime y ensalzada   y glorïosa.
Con la prora espumosa   las galeras,
como nadantes fieras,   el mar cortan
hasta que en fin aportan   con corona
de lauro a Barcelona;   do cumplidos
los votos ofrecidos   y deseos,
y los grandes trofeos   ya repuestos,
con movimientos prestos   d’allí luego,
en amoroso fuego   todo ardiendo,
el duque iba corriendo   y no paraba.
Cataluña pasaba,   atrás la deja;
ya d’Aragón s’aleja,   y en Castilla
sin bajar de la silla   los pies pone.
El corazón dispone   al alegría
que vecina tenía,   y reserena
su rostro y enajena   de sus ojos
muerte, daños, enojos,   sangre y guerra;
con solo amor s’encierra   sin respeto,
y el amoroso afeto   y celo ardiente
figurado y presente   está en la cara.
Y la consorte cara,   presurosa,
de un tal placer dudosa,   aunque lo vía,
el cuello le ceñía   en nudo estr